El Estado tiene el deber de orientar la inversión pública hacia el crecimiento del país. La diversificación y sofisticación de la matriz productiva, necesarias para el desarrollo de la sociedad, solo se lograrán de manera armónica sobre la base del conocimiento generado en nuestro territorio. Nuestra discrepancia no es, por tanto, sobre ese fin, sino sobre la instrumentalización de programas que, históricamente, han permitido explorar diversas áreas del conocimiento. Para esas prioridades temáticas estratégicas, el sistema nacional ya dispone de una arquitectura dedicada: el Concurso de Centros de Excelencia de Interés Nacional, el FONDAP, la Iniciativa Científica Milenio y los Anillos de Investigación Asociativa. Trasladar esa lógica de focalización temática a FONDECYT no orienta mejor la inversión pública.
Desde 1982, el Programa FONDECYT ha financiado la investigación individual de excelencia en todas las áreas del conocimiento. Es el principal instrumento transversal, abierto y basado en la evaluación por pares, al que también postulan quienes integran los centros temáticos priorizados y quienes están formados tanto en Chile como en el extranjero. Incorporar orientaciones temáticas no crea por sí mismo nuevas capacidades en el país; duplica una función ya cubierta y erosiona el principal instrumento transversal que sostiene la investigación fundamental en las diversas áreas del saber. Por otro lado, exigir residencia definitiva en Chile a quienes postulan desde el extranjero restringe la incorporación de talento internacional y reduce la capacidad del sistema científico nacional para atraer nuevos/as investigadores/as. La propia autoridad ha reconocido que las ciencias básicas son el cimiento del conocimiento; y este quehacer diverso es el que financia FONDECYT.
La ciencia, como un ecosistema, se sustenta en la amplitud y la diversidad que surge de la creatividad humana. No se puede anticipar qué disciplina será decisiva ante el próximo desafío del país. Disciplinas fundantes, como la matemática, que no figura como prioritaria pese a sustentar prácticamente todas las demás, pueden quedar en desventaja; lo que hoy afecta a una disciplina puede afectar mañana a cualquier otra.
Se ha invocado, asimismo, la inserción laboral de quienes realizan un postdoctorado y el desempleo que afecta incluso a doctores. Es una preocupación legítima, pero acotar las áreas no crea empleo: solo redistribuye qué disciplina obtiene el cupo. La inserción se resuelve mediante nuevas plazas en la academia, en el mundo productivo privado y público y en los institutos tecnológicos y de investigación públicos, así como mediante instrumentos dedicados a ese fin, sin reducir el alcance temático de un fondo. Chile ya cuenta con instrumentos destinados específicamente a ese propósito, como la Subvención a la instalación en la Academia y la Subvención a la Inserción en el Sector Productivo. Fortalecerlos, en lugar de estrechar el alcance de FONDECYT, es la vía adecuada para abordar la empleabilidad. Subyace, además, un problema de fondo: el gasto nacional en I+D lleva años estancado en torno al 0,4% del PIB, muy por debajo del promedio de la OCDE (~2,7 %). Priorizar mediante la reasignación de recursos escasos no amplía la capacidad científica, solo redistribuye la escasez. El problema no es cómo repartir un fondo insuficiente, sino que el fondo es insuficiente. El precedente ya está en curso: se ensayó en el concurso Doctorado Becas Chile 2026 y hoy se escala al Postdoctorado.
El fortalecimiento de las prioridades nacionales y la excelencia basada en la libertad de investigación no son objetivos en tensión: son condiciones para el desarrollo científico, tecnológico, social y cultural de Chile.
