En su presentación, la Dra. Orlando desafió la imagen tradicional de la Antártica como un territorio aislado y vacío. “Cuando pensamos en la Antártica solemos imaginar un continente blanco, remoto, frío, dominado por el hielo. Pero la Antártica está lejos de ser un espacio vacío. Es un continente con historia, con vida, con presencia humana permanente y con procesos ecológicos que están conectados con el resto del planeta”, señaló.
Uno de los ejes principales de su exposición fue la importancia del territorio antártico como territorio de conservación: “El hielo no es solo hielo, es un archivo natural que almacena información climática, química y biológica acumulada durante milenios. Es una biblioteca natural que nos permite reconstruir la historia ambiental del planeta”, explicó, destacando la presencia de microorganismos preservados en estos hielos.
Bajo este contexto, la doctora en Microbiología reflexionó sobre el imaginario noticioso vinculado a la presencia de microorganismos en ambientes extremos, con eventuales riesgos sanitarios globales, extrapolado más allá de lo que la evidencia científica indica: “La mayoría de los microorganismos presentes en el hielo antiguo están dañados, inactivos o no están relacionados con enfermedades humanas”, sostuvo.
La académica y exploradora antártica también abordó el aumento de la temperatura en el planeta que está derritiendo el hielo, enfatizando que este proceso, no solo implica la liberación del agua y la destrucción de los glaciares. “Cuando el hielo se derrite, no sólo se libera el agua, también se desencadena una cascada de procesos físicos, químicos y biológicos que debilitan las corrientes oceánicas y pueden alterar la distribución de los nutrientes y esos procesos no se quedan en la Antártica, tienen el potencial de afectar la circulación oceánica y el nivel del mar a escala global”.

En su exposición, la Dra. Orlando ejemplificó los impactos del cambio climático a partir de las variaciones en la salinidad superficial y la temperatura del mar, las que afectan directamente al krill, que es un eslabón clave de la trama trófica marina antártica. Al verse afectado este organismo, los efectos se propagan al resto del ecosistema, impactando a peces, focas, ballenas y pingüinos que dependen de él para su alimentación.
Finalmente, la académica U. Chile e investigadora principal del Instituto Milenio BASE destacó la importancia de la Antártica como laboratorio natural para anticipar escenarios futuros: “Comprender lo que ocurre en la Antártica nos ayuda a entender hacia dónde se dirige el planeta y qué decisiones debemos tomar para enfrentar ese cambio”, concluyó.
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